Quièn sabrà el valor de tus deseos, quièn sabra?..

Gira el sol, gira el mundo, gira Dios!!!

5

de
Noviembre

TARDE…(AL LLEGAR LA PRIMAVERA…)

"De todos los colores de la urbe, busquè el que tenìa tu nombre! Solo encontrè la blancura amarga de la nada y la negrura espesa de la noche!".

"Alguna vez fue que planeamos
Hacernos todo el daño de una vez
Dictando una sentencia desafiante
No existes, No existes, No existes, No existes…" (CERATI/BOSIO) 

(Los personajes y anècdotas aquì descriptos, no son sino producto de la mera, nostàlgica e impertinente imaginaciòn del lado oscuro de mi cerebro. Cualquier semejanza con hechos de la realidad, no es màs que una mera coincidencia…)

5

de
Noviembre

CAPITULO I – “Lo Sublime

Tarde…
Al llegar la primavera, vaya paradoja, descubrí que era cierto el dicho popular que augura que “una golondrina no hace verano”…Justo ahora, cuando me encontraba ardiendo en llamas por el intenso calor.
Tarde…

Todo comenzó una noche de principios de Julio, cuando – chateando – hizo su aparición en escena. Los contratiempos, la experiencia por mí a medias adquirida, la vida misma al fin y al cabo, solían hacerme desplegar de manera instintiva el recurrente escudo. Aquel al que siempre acudía cuando creía estar en peligro.
Y así, como el marino que buscaba nuevos rumbos vociferaba el esperado alarido - salido de lo más profundo de su garganta – de “Tierra a la vista!”, yo me repetía “Mujer a la vista!”. Y ya se sabe, no toda costa hasta entonces inédita tiene necesariamente que resultar hospitalaria. El mismo efecto experimentaba yo con la aparición de una nueva mujer.
No di por entonces mayor importancia al hecho. Por qué debería hacerlo? No sería seguramente ni la primera ni la última vez que ello sucedería. Había oído tantas veces eso de “eres todo lo que busco, lo que siempre deseé”, que había aprendido a manejarlo.
Mis componentes, aquellos que conformaban mi personalidad, siempre llamaron la atención: normal en apariencia, común a la simple observación, quien husmeara un poco más allá, acabaría por encontrarse con mi esencia. Y eso, para quien tuviera esa capacidad, era perfectamente comprobable.
Yo me creía - y sabía - en verdad diferente. Mi eslogan por ese entonces “Ni mejor ni peor que nadie, tan sólo diferente”, seguido de una pequeña serie de atributos y defectos, me hacían simple y sencillo y, a la vez, seguramente complicado. Capaz de lo sublime y lo instintivo, de lo ideal y lo corpóreo, de lo ficticio y lo real.
Decía que no tomé muy seriamente su presencia. Después de todo, qué novedad podía ofrecerme una joven de 18 años a mí, ya todo un hombre. Reparé en su actitud…“Tal vez le faltara aptitud”, pensé. El contacto se hizo cada vez más frecuente y comenzamos a pensar seriamente en la idea de un encuentro.
Y así fue, como el primer sábado de Agosto la esperé más de lo deseado en la estación de trenes de Avellaneda. Las agujas del reloj, inquietas, no cesaban de girar, los trenes pasaban y las filas de piqueteros - que se renovaban – invadían justo ahí, junto al banco en el cual debía aguardarla. Repetí la secuencia de apartarme del lugar y regresar, tres o cuatros veces (no recuerdo bien), pues la zona se liberaba por instantes para volver luego a ser ocupada por nuevos piqueteros. No quería que tuviera que pasar frente a ellos….Sentía ya la necesidad de cuidarla y protegerla.
Por fin, uno de los trenes provenientes del Sur arribaba con más gente en su interior que los que lo habían precedido. “Probablemente haya habido un retraso”, pensé. “Debe llegar en él”, concluí ansioso.
Y la vi…Sin saber que era ella, la vi: con su larga y espléndida cabellera, con su exhultante vitalidad juvenil, con sus desbordantes hormonas a flor de piel, con ese desborde que las mismas le provocaban y me provocaban…Tal vez ese mismo desborde sea el que hoy nos desborda…
Supe que era ella cuando la observé bajar presurosa las escaleras para cruzar el andén y subir del otro lado. Pasó a mis espaldas, se acercó al banco nuevamente invadido por piqueteros y por mí a esta altura definitivamente abandonado y retrocedió al no verme, buscando complicidad en mi mirada que buscaba la suya mientras avanzaba.
Y fue especial…
Juntos subimos al colectivo que nos llevaría a la Facultad. Allí la esperaba la noticia de un aplazo. La aguardé sentado en un banco del pasillo y la vi salir con tristeza del aula, con sus expresivos ojos levemente empañados. Tomamos algo en el shopping y en mi paquete de cigarrillos dejo marcado su sello: “Para Mi Divino, de Tu Bonita”, escribió.
Seguí en aparente calma…Nuestras miradas se intimidaron más de una vez y también más de la cuenta, nuestros labios se reclamaron mutuamente y hasta nuestros cuerpos se demandaron por efímeros y sublimes instantes en busca de caricias.
“No es el momento”, pensé. “Tal vez nunca lo sea”, añadí, cuando ya en la estación mi beso sutil quedó grabado para siempre entre su mejilla derecha y sus labios, cuando retrocedió dos pasos luego para dejar el suyo estampado a fuego muy cerca de los míos antes de subir al tren.
No supe, no pude y no quise callar. Al regresar, dejé cuatro mensajes en su casilla expresándole lo que en mí había causado y oí de su boca misma las palabras de denotaban igual sensación en ella provocada.

5

de
Noviembre

CAPITULO II – “La Confusión”

Siempre…
Contaba yo con un a asombrosa capacidad de análisis de las cosas. Ello a veces me permitía avistar presagios y evitar así situaciones ciertamente no recomendables para mi ánimo…
Nunca pude dejar de conjeturar y el pensar por el resto, contribuía a alejarme del peligro.
Siempre…
Contaba yo con una terrible incapacidad para despegar de un exacerbado análisis de las cosas. Ello a veces me impedía liberar definitivamente mi corazón de mi mente…
Nunca pude dejar de conjeturar y el pensar por ellas, contribuía a acercarme al peligro y presagiar finales…
Siempre…

Luego de aquel encuentro nuestro contacto fue aún más fluido y nuestras ganas de volver a vernos cobraron dimensiones todavía mayores.
Nuestra primera cita no había sido sencilla de pactar y al sábado siguiente, fue tan poco lo que me importó haber dormido apenas dos horas producto de una cena con amigos, como a ella el tener que inventar una salida con amigas en el Boulevard Shopping de Adrogué. Y hacia allí fui, de regreso a la localidad donde había pasado treinta años de mi vida, despreocupado del intenso frío que me helaba los huesos, a fin de poder verla.
Llegué unos veinte minutos después de la hora señalada. Aún no estaba. Salí del predio, recorrí varios metros sobre la avenida y al regresar, observé su silueta…La vi llegar hasta la entrada del centro comercial y girar luego sobre sus pasos buscando su mirada en mi mirada, que anhelaba ansiosamente encontrar la suya. Aceleramos el paso hasta reducir a escasos centímetros los cincuenta metros que nos separaban. Nos contentamos con vernos. Faltaban largos minutos para la apertura del shopping y cruzamos al supermercado para tomar algo. Volvimos, hablamos, paseamos y nos observamos.
Una vez más tuve ganas de probar la miel de sus labios, pero sentí que esta vez no iba a darme las oportunidades perdidas en nuestra anterior cita. No al menos allí adentro.
Salimos al fin juntos, caminamos junto a la avenida, recorrimos una feria de ropa y cuando lo creí conveniente, mi boca buscó muy suavemente la suya. Un pequeño y sutil movimiento de caderas dejó mi posible beso dibujado en el aire.
Nada dijimos y todo siguió igual, como si tampoco nada hubiera sucedido.
Breves minutos después, de su boca salieron las primeras palabras…
La situación - lo sabíamos - no era nada fácil para ambos: Ella 18, cristiana evangélica; yo 34 y católico. Bajo la tutela y protección de su madre, ella; solo y libre, yo.
“Me siento muy mal por tener que mentir para verte”, dijo con culpa…
Cruzamos la avenida, atravesamos la vía hacia el Este, bajo el intenso sol, y nos fuimos alejando del camino hacia su casa, ubicada sobre el lado Oeste de Burzaco. Percibí que no era casual el rumbo por ella elegido y acabamos por sentarnos junto al cordón de la vereda, en esa calle reservada casi exclusivamente para nosotros. Sentí que iba a hablarme y, muy cerca de pedir disculpas por negarse al poder de sus deseos y de los míos, me contó sobre algunos de sus miedos…Pero sus ojos cercaron los míos, sus labios se acercaron peligrosamente y su cabeza, apoyada sobre mi hombro, terminó haciendo el resto…
Y la besé y me besó…Y nos besamos…Por un instante me sentí totalmente libre a su lado, su semblante tomó el color de la esperanza, su sonrisa se instaló definitivamente - y como nunca en la mañana - en su rostro y , ya en la estación de Burzaco, sus labios sellaron una vez más los míos con un beso que implicaba un “Hasta luego”.
Durante los primeros días de la semana no supe nada de ella y debí dejarle un mensaje para que me llamara. Me preocupaba no tener noticias suyas, desconocer cómo se encontraba, no saber si le había sucedido algo…
La incertidumbre siempre había sido para mí la peor de las consejeras y la incomprensión de las cosas, siempre acababa también por resultarme un verdadero tormento.
Y apareció…Distante, a “millones de años luz corazón”…
“Cómo ha de ser posible?”, me preguntaba. Si había sido besada, si le había gustado, si declaraba a viva voz que me quería y que yo era todo lo que ella siempre había deseado….
“Cómo ha de ser posible?”…
No pude por aquel entonces entenderlo. Menos aún cuando ya no escuchaba de su boca un “te quiero” ni un “mi Divino”, como solía decirme…Cuando ahora hablaba de imposibles como si nada entre nosotros hubiera pasado…
Ese fin de semana la extrañé en demasía, pero rápidamente volví a tomar mi escudo.

5

de
Noviembre

CAPITULO III – “El Amor”

  
Amor…
Aún hoy trato de saber de qué se trata, de explicitar lo implícito, de objetivar lo subjetivo, de definir lo indefinible…
Creo que no es posible dividir sexo y amor, en el sentido de que para hablar de verdadero amor, deben existir cada uno en justa medida: lo salvaje y lo sublime, lo instintivo y lo sutil, hasta conformar un TODO.
He querido y adorado con locura…
He deseado y gozado con locura…
No sé si he amado.
Hablo de eso que yo llamo la “necesaria falta de respeto”.
Solía sucederme que, cuando quería y adoraba demasiado, también sublimaba en demasía; y que cuando deseaba y gozaba con locura, era incapaz siquiera de sublimar apenas.
Y así fue que descubrí que la manera perfecta de respetar plenamente a una mujer, era precisamente “faltándole el respeto” en el lugar y momento apropiados, y que de no hacerlo, definitivamente estaría “faltándole el respeto”. Se trataba de cubrir abarcativamente sus dos flancos: el de mujer y el de integrante del reino animal. Como dice Sabina: “La más puta de todas las señoras, la más señora de todas las putas…”
Pocas veces lo logré…
Es por eso que amo a los leones: inician el juego amoroso con lamidas y mordiscos, primero leves, luego más agresivos en su forma, hasta llegar a la copulación. Pero más tarde, cuando todo ha sucedido, se los suele ver juntos mimándose, pasando su lengua por la oreja de su pareja o apoyando la cabeza sobre el lomo de su hembra o de su macho…Y así, son capaces de estar por largos minutos…Amándose!
Amor…
Aún hoy trato de saber de qué se trata…

Luego de ese distanciamiento se comunicó. La “llamada en espera” de mi lìnea control, delataba el ingreso de una nueva comunicación. Pero en verdad no tenía ganas yo por ese entonces de atender a nadie. Justamente estaba intercambiando mensajes con una amiga que sabía de su existencia y ante la pregunta de cómo estaban las cosas, dejé que mi bronca se liberara. Ese mensaje que tenía por destino mi amiga, por error fue a dar casualmente a la casilla de ella, quien hacía instantes acababa de saludarme por el sistema (cuando días después me comentó sobre eso, sonreímos juntos y me agradó mucho el hecho de que entendiera el porque de mi respuesta un tanto agresiva).
Me llamó mucho la atención que volviera a llamarme “divino” y que me repitiera aquellas dos palabras que ya parecían olvidadas: “Te quiero”.
Me dije entonces: “A tomarlo de otra forma, ha no arrebatarse…Si las cosas deben ser, serán…”.
Con esa mi postura, aclaramos algunas cosas. Volvió a aludir a sus temores, pero tuve ganas de “estar” muy a pesar de ellos. Ese día hablamos mucho y decidimos que las cosas siguieran su curso natural sin forzar ninguna situación. Así fue transcurriendo la semana, mientras ella comenzaba a retomar sus clases en la Facultad luego de las vacaciones.
Presagios….
No sé por qué motivo yo sabía que ese sábado estaríamos juntos. Ella me había comentado que si algún fin de semana - ya en la casa de estudios - las clases se suspendían por equis motivo, me llamaría para preguntarme si quería verla. Obviamente, mi respuesta a si me molestaría, teniendo en cuenta que serían alrededor de las siete de la mañana, fue rotundamente que no.
Yo sabía que las clases serían suspendidas, seguramente no por algún imponderable si no por deseo propio. Y así pasó. El viernes planteó esa posibilidad y en la mañana del sábado, recibí el esperado llamado desde la estación de Burzaco: “Hola divino, voy para allá…”, fue el escueto y contundente mensaje.
Y juntos fuimos a comprar facturas para desayunar, y nos comimos a besos para finalmente terminar amándonos. Sé que no resultó sencillo para ella y sentí que en verdad me quería: “Tengo que quererte mucho para hacer esto”, me dijo.
Y la amé, sí…La amé, como los leones…Fui capaz de sublimarla y “respetarla” en todos y con todos los sentidos: disfruté en cantidades similares tanto el tomarla como el abrazarla…Y percibí lo mismo de su parte.
Nos costó muchísimo separarnos, sus escritos anteriores hacia mí tomaron mayor fuerza y potenciaron el mensaje sublime de los próximos. Su expresión “me siento en la novena nube” pasó a ser “me siento en la decimocuarta nube” en poco tiempo.
El día de los besos en la estación de Burzaco se había quedado con mi anillo favorito y este día, dejaba en mi anular izquierdo su anillo más preciado, aquel que en extraño vocablo contenía escrito en su interior las palabras “Te amo”. Cierta vez le expresé la importancia de ese gesto, porque el anillo significaba seguramente demasiado para ella (era un obsequio que alguien le había ofrendado). “Tomó valor el día que te conocí”, me dijo. Y eso fue sublime.
Transcurrió una semana sin vernos y fui a buscarla a la facultad por vez primera. También vinimos a casa y también nos amamos. Me regaló a mi pedido, una fotografía de sus 15 años, la cual llevo aún hoy en mi billetera (no así el anillo en mi anular izquierdo). Sentí nuevamente a los leones y sin saber qué “ERA” todo esto, tan sólo sabiendo lo que deseaba que “FUERA”, estuve realmente encantado de que “SEA”.
Entonces, juré tomar muy seriamente la frase tan cierta, y por mí tantas veces repetida, que “cuando algo o alguien nos importa, no nos importa absolutamente nada”.

5

de
Noviembre

CAPITULO IV – “La Maldita Incertidumbre” (parteI)

A veces…
Ya lo he dicho, suele operar en mí, el dual juego entre el análisis de las cosas y la idiotez. Y me atropello en el intento, como en aquel cuento donde me observaba frente al espejo de tres cuerpos: niño, en el margen izquierdo (el más próximo a mi corazón), anciano, a la derecha y adulto, en el centro de la escena. Todos se hallaban en calma, a excepción de éste último, que me ignoraba no prestándome siquiera su virtual atención y sin comprender, que si hubiera tomado por asalto mi cuerpo, el real, el tangible, acaso hubiera equilibrado el todo, unificando las tres partes del tríptico: cuerpo, mente y alma conformando un todo en perfecta simetría.
A veces…
Es en esa búsqueda - en ese intento por alcanzar la comunión entre “el muchachito bueno de la película” y “el asesino del mismo”- cuando corro el grandísimo riesgo de equivocarme, aunque quienes en verdad me conocen saben que soy incapaz de matar a nadie. Como en ese escrito donde el personaje principal le decía a la dama: “No temas mujer! Solo cometo crímenes con la mente. En acto, no soy siquiera capaz ni de aplastar una mosca…”
Pero como al fin aprendí que lo que me hace daño no puede convivir en mí, es que empuño una vez más el escudo, aún a riesgo de ser acusado de asesinato…
A veces…

Pasaron tres semanas luego de aquel último acto de amor. Ella había perdido un par de clases por eso, y yo no podía permitir que esto pasara. Ella también lo sabía.
Ocurrió entonces que los tres sábados siguientes (único día posible para vernos) fui a buscarla a la Facultad. Similares y a la vez disímiles fueron esos encuentros.
Disfruté muchísimo del primer día: Tomarla de la mano, que me recibiera con un beso en los labios y oírla decir que era feliz mostrándole al mundo que estábamos juntos, me resultaba por demás gratificante.
El segundo sábado reveló para mí sentimientos encontrados: ese placer por estar con ella, encontraba oposición en el escaso tiempo que teníamos para vernos. Ya no me bastaba el paseo por el shopping, el viaje en micro hasta la estación y el aguardar juntos la llegada del tren.
El domingo había elecciones en la provincia de Bs. As., así que aprovechando esa circunstancia, fuimos juntos en el tren hasta Adroguè. Allí me quedaría para partir al otro día, luego de compartir una asado con amigos y emitir mi correspondiente voto.
Gocé muchísimo del viaje, pero comencé a preguntarme por qué estando tan cerca no podíamos vernos ese domingo. Entendí sus actividades en la iglesia y no insistí.
Compartiendo el mencionado almuerzo con mis amigos - y recordando sus besos y abrazos en el tren -, sonó mi teléfono celular: Era ella. Necesitaba hablarme. No se la oía bien. Algo le ocurría…
Me hice un tiempo y crucé hasta mi casa paterna para llamarla. Había discutido con su madre y no comprendía por qué la misma no confiaba plenamente en ella. Se la escuchaba en verdad muy angustiada y cansada. Le repetí lo que tantas otras veces: Que debía tener paciencia, que tratara de no generar conflictos y le dije que de tenerla a mi lado en ese entonces, la estaría abrazando muy pero muy fuerte.
Ya le había remarcado en ocasiones anteriores que no quería ser para ella la “figurita novedosa” ni la salida a su situación familiar. Me calmaba diciendo que también en algún momento se lo había preguntado y que no era realmente así, que me quería y pensaba todo el día en mí imaginando un futuro juntos, con una relación más estable y formal.
En verdad yo la extrañaba…
Habíamos conversado también sobre cómo se sentiría a mi lado y yo junto a ella, y sabíamos que eso iba a depender de un mayor conocimiento mutuo, de las ganas de ambos y de la posibilidad de vernos más seguido y compartir momentos.
Empecé a darme cuenta que en las circunstancias planteadas, eso iba a resultarnos verdaderamente improbable. “Calma, paciencia…”, me arengaba a mí mismo queriéndome dar ánimo, tratando de convencerme de algo que hoy visualizo realmente imposible.
Nos separaban demasiadas cosas…
La cuestión religiosa surgió en un par de charlas. Sus cánones e ideales mostraban un mundo en cierta forma diferente al mío aunque desde mi punto de vista, creo que ambos ansiábamos lo mismo por caminos diferentes. La idea de llegar virgen al matrimonio predicada por su iglesia, era un conflicto importante y yo sabía que ella interiormente cargaba con esa culpa. Supongo el escándalo social que hubiera provocado en su entorno el hecho de saber que estaba con “un tipo” (supongo que esas serían las palabras) de 34 años y…Católico.
Yo le decía que Dios no podía enfadarse con nosotros. Cómo enojarse con dos personas que se quieren, que están amándose, que no le hacen daño a nadie y que se sienten plenamente felices de estar juntos? Hasta estaba dispuesto a acompañarla a su iglesia para que se sintiera apoyada de ser necesario.
Tal vez mi pensamiento era demasiado “universalista”.
En verdad no creo que importe cómo lo llamemos: Dios, Ala, Buda, Ra, o como fuera…Es uno solo y todos estamos bajo el mismo sol, habitando la misma tierra que nos alberga y bajo el mismo cielo, en definitiva. Lo que importa es lo que somos, lo que hacemos. Si alguien es bueno…Qué puede importarme cuál es su credo? Sólo me importa que sus gestos sean nobles.

5

de
Noviembre

Capìtulo IV - “La Maldita Incertidumbre” (ParteII)

Días antes de nuestro tercer encuentro en la Facultad, habíamos estado hablando sobre que me tomaría una semana de vacaciones y en la posibilidad de vernos con más tiempo en esos días. Ella creía muy difícil eso.
Una vez me había dicho: “Conmigo vas a hacer cosas que nunca hiciste en tu vida”, para terminar por preguntarme cuál sería la salida más extraña que me gustaría hacer. “Aunque te parezca tonto y te rías”, le contesté… “Me encantaría ir al zoológico”. La idea le fascinó; a ella también le gustaba ir al zoológico.
La cuestión era tener que mentirle a su madre, pero por otra parte la sentía quebrarse en el teléfono pensando que si la situación era descubierta, tal vez los controles serían mayores, no podría verme y no lo soportaría…Y prefería esto a nada.

El último sábado fui a buscarla. Compré su alfajor favorito en un kiosco de Constitución, abordé el tren como de costumbre, perdí un colectivo en Avellaneda tan sólo por segundos y subí a otro próximo a partir.
El viernes le había preguntado si realmente quería que la pasara a buscar. “No te lo pedí porque no puedo exigirte nada cuando es tan poco lo que te doy”, me respondió. Se oyó coherente, pero también supe que en otro momento ella misma me lo hubiera demandado.
Mientras aguardaba en el micro, llegó junto a dos de sus amigas. Quedé soldado a mi asiento sin saber muy bien qué hacer. Hizo señas para que baje y así lo hice, sin importarme pedir la devolución del boleto ya abonado al guarda.
Y nos quedamos solos en el andén…Y pasaron más de seis trenes antes de que partiera. Y nos quisimos como pudimos en ese tiempo.
Durante el encuentro la note esquiva a tocar estos temas y se estableció en mí la idea de que nuestro sueño común de visitar el zoo, se había convertido en un sueño meramente individual.
Me comentó que el lunes se reuniría a estudiar con amigos para el parcial del jueves y que tal vez, luego del examen, podríamos ir al zoológico. Acepté estúpidamente la posibilidad de que vinieran sus amigas para que la dejaran ir sin correr tantos riesgos. No era lo que yo quería, pero lo haría con tal de verla.
El sábado por la noche estuve intranquilo. Ingresé al chat telefónico como lo estaba haciendo durante el último mes, tan solo para responder los mensajes de gente conocida. Dejé un mensaje en su casilla a las 00:01 hs. del domingo, Día de La Primavera!: “Para la más bonita de las flores…Para mi Bonita!”.
La maldita capacidad de análisis de las cosas…
Por qué no había salido de su boca el pedido para que la pasara a buscar?
Por qué no me había esperado allí en vez de acercarse a la estación? Por más que me jurara que estaba segura de encontrarme en el micro, aguardando partir, qué hubiera sucedido si – como era mi idea original – hubiera ido un poco antes para pasar por el shopping y comprarle uno de esos anillos egipcios que tanto le gustaban?
Además, por qué cuando bajé del micro no me besó? Yo no lo hice por la presencia de sus amigas, por desconocer si estaban enteradas de lo nuestro. Pero ella, por qué no me besó como siempre…?

El domingo al mediodía me llamó. Le pregunté:
- “Nos veremos el jueves?
- ”Mi mamá no me va a creer que salgo dos días con mis amigas”.
- “Pero si el lunes vas a estudiar…”, le dije.
Tan solo sonrió…
Y esa sonrisa me heló el alma…
Se justificó diciendo que su madre no le creía que iba a estudiar. Pero esta vez, al que le costó creerle fue a mí.
Me mostré distante, lejano. No pude seguir siendo el mismo…Y desesperé…
Y la desesperación, tampoco resulta ser buena consejera.

El lunes no supe de ella. Esperé en vano algún llamado y me invadió nuevamente el exacerbado e idiota análisis de las cosas. Creé una casilla en el chat por el que ella ingresa, tan sólo porque allí tendría acceso a la información que me diría si había entrado. Supe que ese mismo día lo había hecho. Y mi mensaje, “Para la más bonita de la flores…”, seguía sin respuesta. Imaginé los por qué de esa ausencia. Me consolé pensando que me llamaría para decirme que lo había oído.
Y decidí desde el anonimato, dejarle un mensaje con un tema de Gustavo Cerati: “Ya no me necesitas, es lo mejor. Eras alguien a quien yo solía conocer. Fue muy simple despegar, solo un corto tiempo y te buscaste un nuevo corazón…”, reza la canción.
Me atropellé…Tal vez la haya lastimado con ello…Aún no lo sé…
Seguramente si lo escucha, se dará cuenta que fui yo. Espero que no lo haga hasta el jueves, que es el día en que voy a verla.

Hoy martes, pasadas las 10:00 hs., me despertó su llamado.
Estoy distante y se nota. No puedo disimular mis emociones, nunca aprendí. Pero no le dije nada. Necesito verla y hablarlo personalmente cara a cara que es como me enseñaron que se dicen las cosas.
Me contó que levantó mi mensaje del 21 y también otro del 16 o 17. Sinceramente no la noté conmovida por ello. En otro momento estoy seguro que le habría encantado.
También recordé que hace rato que ya nada me escribe…
La escuché decirme que no podría alejarse de mí. Volvió a recordarme que lo del jueves era imposible. Le comenté que el sábado iría a buscarla para hablar. “Por qué no el jueves después del parcial”, la interrogué creyendo que cuanto antes se aclararan las cosas sería mejor. Respondió que al final de la cursada se volvería a reunir con sus amigos para organizar el otro parcial, el del sábado.
Me pregunté por qué no había tiempo para mí?
Me respondí que no había tiempo sólo para mí.
Ya me pareció demasiado…
“Esperá”, me interrumpió… “Curso de 07:00 a 09:00 y debo esperarlos hasta las 11:00”. Me dijo que tal vez estudien dos o tres horas y que luego, por la tarde, podríamos vernos. Tampoco entendí por qué ahora sí, siendo que antes no podía…
Tarde….
Al llegar la primavera, vaya paradoja, descubrí lo cierto del dicho popular que reza “que una primavera no hace verano…”.
Acordamos vernos de 09:00 a 11:00. Pasaré a buscarla.
Intento alcanzar el equilibrio entre “el muchachito bueno de la pelìcula” y “el asesino del mismo”.
Ya lo lograré. No quiero lastimarla ni lastimarme…
Son las 20:05 del Martes 23 de Septiembre de 2003. Hace más de siete horas que escribo…
El jueves, iré a buscarla…Rescataré mis fotos entregadas el último sábado. Le ofrendaré definitivamente mi anillo para que me recuerde. Le devolveré definitivamente el suyo – que ya no utilizo desde la noche del sábado -. Y todo será como siempre…

Empuñare mi escudo…

2

de
Noviembre

“NOMBRE X”

 

 Su nombre escrito dos veces sobre el papel más blanco que nunca y la extraña “X” haciéndole compañía. Como tantas otras veces, como siempre, principio y final de la historia. Introducción, nudo y desenlace dentro del mismo envase que lo contenía. Todo allí, sin explicación, pero con la lógica infalible de siempre.
Al fin y al cabo de eso se trataba. De empezar concluyendo. O más exactamente, de no poder concluir, de estar siempre terminando sin finalizar de una buena vez.
Su nombre escrito y la extraña “X” junto a él. Como una marca del destino en el múltiple choice de la vida, como una especie de Cruz del Sur de su cielo.
Había soñado mucho esa noche…
Un hombre corriendo con una enorme cuchilla entre sus manos, tratando de dar alcance quien sabe a quién. Y él, en el medio de la escena, observador detrás de la ventana de los hechos, interviniendo sin intervenir. Modificando, tal vez sin modificar.
Como en aquel sueño donde la mujer que él creía que lo había abandonado se hallaba detrás de un pequeño mostrador, despachando comidas y él, observándola sin actuar. Ya a esta altura había aprendido que nunca se abandona lo que no ha sido tomado.
Luego, un enorme campo de juego, un balón, el arco de enfrente casi en el horizonte del infinito y el propio muy cerca. Un sinfín de obstáculos, todo entre penumbras, mientras seres extraños colgaban de un techo sin techo. Así, como en un gran tren fantasma. Demasiado real parecía todo para ser un sueño…
Más tarde un estrado, una gran sala enjuiciadora y figuras difusas que
dejaban verse en el fondo de una larga canaleta acuosa. Sobre ésta, los escalones del banquillo en el cual sus pies se depositaban. Una vara, sus manos tomando la misma, mezclando el agua a sus pies, y las figuras adquiriendo formas humanas, iguales a las que se recortan con tijera de algún antiguo periódico destinado al olvido.
Todo en un instante, aclarando sólo por segundos su fisonomía para acabar por dispersarse aún más en el agua, mientras se oscurecía el excremento del que estaban compuestas esas figuras.
Todo también muy extraño, tal cual suele ocurrir con cada sueño o pesadilla nocturna al ser recordada.
Su memoria lo llevó a asemejar esas figuras con las de cierta película que había visto años atrás. Trató de precisar el argumento y sus recuerdos lo condujeron a una historia de dioses mitológicos, especie de vampiros modernos en busca de la perduración de la vida. Estos mataban a sus víctimas con una cruz de la eternidad que, desenvainada, se transformaba en letal cuchillo.
Pensó en la escena final, en un altillo poblado de palomas, y en la desintegración del protagonista hasta quedar reducido a polvo que se dispersaba con el fuerte viento desatado.
El estadio lleno de obstáculos, la cuchilla, la cruz de la eternidad desenvainada, los fantasmas con formas de deshechos humanos bajo sus pies en el largo banquillo.
Despejar fantasmas…
Tal vez de eso se trataba. De ver más allá de lo que esos mismos fantasmas le permitían. Pero el nombre, la equis…Qué extraño!
Algo no cerraba en todo aquello. Su nombre escrito dos veces: uno con su letra actual, el otro con su letra de niño y la cruz, la equis, como incógnita de una ecuación matemática por develar.
Despejar fantasmas…
Ya no era cuestión de tomar las cartas tal cual habían sido echadas, sin posibilidad alguna de repartir, de observar el juego sin saber la naturaleza 
del mismo y sin tener siquiera la intención de averiguarlo.
No todo era eludir obstáculos, como en su sueño. Pero en eso estaba, corriendo los cortinados para poder jugar luego.
Tal vez más adelante, cuando la mesa no estuviera servida, cuando las cartas no hubieran sido movidas de su mazo, sería capaz de dilucidar la esencia del mismo.
Por lo pronto, la equis seguía siendo un gran enigma para él. Pensó que acaso podría no resultar saludable averiguar su significado. Pero de algo estuvo seguro: su hijo jamás se llamaría como él. Había desterrado por completo esa idea latente que corría por su mente desde que creyó tener uso de razón.
Ese pensamiento se había esfumado, tal vez como el fantasma de la película, tal vez como sus propios fantasmas.
Al fin y al cabo de eso se trataba. De barajar y dar de nuevo, de acomodar las fichas del tablero según su gusto y antojo.
Como en el gran juego de la vida.

                                                                                                              Corazondelator 

2

de
Noviembre

“CASILLEROS”

 

 Encendió su enésimo cigarrillo. Lo eternizó, al compás de los repetidos versos del canto del grillo, con el balcón como testigo. Tomó lápiz y papel y trató en vano de poetizar, como el grillo, los matices de su abulia. Nada surgió en la inquietante calma de la noche. Pensó en aguardar que el bloqueo creativo se esfumara vagamente, como lo había hecho alguno de sus recurrentes y repentinos sueños, como había sucedido con alguno de sus tesoros no encontrados.
Decidió salir a caminar por la avenida convertida en ruleta y se entregó al azaroso juego de lo imprevisto. Pensó la arteria asfáltica como un misterioso y mágico tablero. A los pocos pasos, una blanca y reluciente tarjeta pareció titilar en el piso gris invitándolo a tomarla. Temió ver el reverso de la misma y pensó varias veces su elección. “Tal vez ambas caras fueran idénticas”, reflexionó. Podía ocurrir, en ese caso, que al blanco del anverso, se le opusiera otro blanco, aún más intenso en el reverso, y así, de manera infinitamente tortuosa, llegaría entonces al punto en el cual no supiera cuáles eran cara y ceca de la misma. La idea lo trastornaba.
Tomó la tarjeta del piso y leyó para sí: “Dos cuadras hacia arriba, en el mismo sentido de la avenida. Luego una cuadra hacia la izquierda”. Creía en esos mandatos divinos y conjugó esa idea con la capacidad individual de forjar su propio destino. Siguió camino…
Cuando llegó al punto en el que debía realizar el giro, de pronto otra tarjeta blanca en el piso lo detuvo y creyó que las reglas le habían sido cambiadas. Dudó en tomarla, en seguir o regresar a su casa. No resultaba lógica esa aparición. Alzó el cartón del piso y leyó en el reverso: “Pegarás la vuelta o seguirás?”. No sin estupor, continuó con el juego. Las cosas se estaban poniendo en verdad difíciles y sintió miedo.
Al llegar a la esquina fijada, otra tarjeta se subió a la alfombra mágica del viento, para caer casi con indiferencia ante sus fríos y sudados pies. La levantó y leyó: “Dobla a la izquierda, sigue dos cuadras derecho, en el mismo sentido, y luego otra vez a la izquierda, una cuadra”.
A esta altura de los hechos, ya había decidido seguir todas las pistas. Aunque tuviera que peregrinar durante toda la noche, se había embarcado en la agobiante aventura de develar hacia donde lo conducirían las mismas. Cada cuadra terminó por resultarle eterna y se sintió perdido. Vio las misma caras cientos de veces. Vio repetirse el paisaje cíclicamente en forma espiralada. Transpiró mucho en la fría noche y se abatió en el intento.
Horas más tarde, con cada minuto hecho siglo como testigo, llegó al punto de referencia: al mismo punto de partida, al lugar donde había decidido iniciar el recorrido. En ese momento pensó que alguien le estaba jugando una broma. Observó a su alrededor y a nadie vio. La calle por naturaleza desértica, se hallaba abandonada a la más absoluta de las soledades.
En el piso, sobre la puerta de entrada, dos tarjetas blancas lucían espléndidamente armoniosas. Pensó varias veces en cuál de ellas tomar. Eligió la más lejana a él, descreyendo así de las bondades de la tarjeta más próxima. “Final del periplo”, rezaba el blanco cartón elegido. Volvió a mirar a su entorno y una vez más descubrió el amargo sabor de la nada.
Tomó sus llaves, apenas si pudo hallar el ojo de la cerradura, y abrió la puerta de entrada. Al cerrarla, observó una imagen a través del vidrio del hall. Era su réplica exacta, aunque más íntegro, sin los signos del cansancio. Se vio tomando la otra tarjeta, la más cercana, y luego partir hacia la avenida. Salió detrás de su figura. La siguió por dos cuadras hacia delante, en el mismo sentido. Pareció que doblaría hacia la izquierda. Luego creyó que la imagen regresaría.
Decidió entonces retornar a su casa, asustado, con el temor que la incomprensión de los hechos le causaba.
Llegó otra vez a la puerta. Le costó una eternidad encontrar el ojo de la cerradura una vez más. Al fin ingresó al edificio. Al subir al ascensor, vio dos sombras juntarse sobre el umbral. Conversaban muy tenuemente. Venían de lados opuestos, pero habían confluido al unísono en el mismo punto: en el punto de partida, en el mismo punto de llegada. Volvió a oírlos hablar, esta vez en forma más baja, casi como susurrándose. Confundió ambas voces con la suya y tomó el ascensor. “No es posible”, se dijo.
Ingresó al departamento. Escuchó una vez más al grillo tratando de poetizar los repetidos versos de su abulia, mientras la noche misma se los devoraba con su envolvente calma. Y se tendió sobre su cama. Instantes más tarde, creyó oír la puerta cerrarse.
Tres repetidas voces, en similar tono, idéntico volumen y exacta intensidad, fueron oídas al instante por el ahora silencioso grillo. “Estamos todos”, retumbó en la habitación.

26 de Agosto de 2001, 01:58 a.m. 

                                                                                                                 Corazondelator

2

de
Noviembre

“PERFILES EN EL ESPEJO”

Despertó exaltado sin saber que lugar ocupaba en el mundo en ese instante. Sudaba, tenía frío y corrió presuroso a ver su rostro pálido en el espejo. Tal cual sus sueños, todo era gris, como en esa especie de tarde noche eterna que nunca concluía, y que siempre era recurrente en ellos. Recordó así, el día de la muerte de su padre, donde al sol impiadoso de ese entonces, le había sucedido un oscurecer profundo de cielos, la tormenta repentina y la desolación que, por aquel momento, parecía eterna. Como el día de la crucifixión de Jesús, según la Santa Escritura, o según la cinematografía moderna. Quién lo sabe? Después de todo, nunca se había preocupado demasiado por las Santas Escrituras.
Llegó entonces al espejo y respiró aliviado al ver que estaba sano y salvo. Con los efectos de la pesadilla sobre él, pero intacto de cuerpo y alma. Tomó una toalla seca, limpió su cara atormentada y volvió a respirar.
Al volver sobre sus pasos los vio. Sus perfiles: tres perfiles en el espejo de tres cuerpos. En todos estaba él. Vio así a la criatura que fue, al niño que nunca quiso dejar de ser. Al adulto en formación, hiperquinético, corriendo tras el mundo, tratando de alcanzarlo de una vez por todas. Y al anciano, tranquilo, equilibrado, con la sabiduría que le habían dado sus años, reflejada en cada arruga y cada cabello cano que lo cubrían.
De manera repentina quitó la vista del espejo, atemorizado, perplejo, sin respuestas. No quiso mirar más. No pudo en realidad y tuvo miedo. Muy lentamente, irguió su cabeza agachada hasta volver a clavar su mirada en el espejo. Y ya no estaban. Se habían marchado, como su niñez, como sus pasos acelerados de esa incipiente adultez.
El anciano volvió, como una luz en la oscuridad, con la rapidez con la que el día da paso a la noche en el equinoccio. Lo observó, quiso tocarlo y no pudo. Quiso alcanzarlo y fue en vano. Lejos estaba de él la sabiduría, la tranquilidad por lo hecho, la espera de la muerte en solitaria paz, la calma por los días disfrutados, la satisfacción por los sueños cumplidos. Se desvaneció la imagen y volvió a secar su rostro con la toalla, ya humedecida.
De pronto, el niño otra vez en el espejo, sobre el cuerpo izquierdo del mismo, sobre el costado más próximo a su corazón. Lo observó, quiso tocarlo y no pudo. Quiso alcanzarlo y fue en vano. Atrás habían quedado sus días felices, su sana inconsciencia, su bondadosa despreocupación de las cosas, sus días gloriosos sin terminación. Aquel tiempo donde el tiempo no era tal, donde se confundían los segundos con las horas y éstas con los días, las semanas y los meses.
Su imagen se perdió lentamente, como se desvanece la bruma con la salida del sol, como se evapora el rocío al estallar la mañana. Oyó su risa partir entre los marcos del espejo. Quiso reír con él pero no pudo. Intentó jugar a su lado pero fue estéril. Se fue, casi sin quererlo, pero se fue. Le gritó, le suplicó lo llevara con él y la figura ya difusa del niño, le regaló una sonrisa dibujada en el espejo. Todo en un instante, en un suspiro de vida, en un latido de amor.
Quiso ir por otra toalla seca. No pudo. Quedó inmóvil frente al espejo, frente a los tres cuerpos que lo componían, como a él: cuerpo, mente y alma conformando un todo en perfecta simetría. No tuvo tiempo para la reacción (por cierto, jamás lo hubiera tenido). Y apareció el adulto en formación. Era él y no era. La figura lo ignoró. Ni lo miró siquiera. Lo hubiera atropellado si hubiera podido salir del espejo. Acelerado, alterado, sin freno, sin paz, tratando de encontrarse a sí mismo, como si procurara unirse a la quietud que el cuerpo real tenía.
También le gritó. El anciano y el niño, al menos lo habían oído, le habían prestado su virtual atención. Eran recortes de su pasado y su futuro, estaban fuera de su tiempo, pero se habían detenido en él.
El adulto, el del tiempo presente, lo hizo sentirse ausente de su tiempo. Volvió a gritarle por segunda, tercera y enésima vez. No hubo caso. En 
su carrera alocada, en su repentino vértigo, ni siquiera comprendió que si hubiera tomado por asalto su cuerpo, el tangible, tal vez habría simplificado las cosas. Acaso hubiera equilibrado su todo e iniciado el camino hacia la tercera parte del tríptico, lugar donde se había visualizado el reposo del anciano, con su anhelada calma, con su sabiduría que no era poca.
Abatido, mientras la imagen espejada perdía su fuerza y nitidez, cayó al suelo. Horas después despertó, en la tarde noche, casi deshidratado, bañado en lágrimas convertidas en sudor. Se arrastró hacia la ducha e inició el baño reparador. Allí, recordó sus tres últimos sueños: tres intentos de robo no perpetrados.
El primero, en una estación de trenes, justo en la que se produce el cambio de vías hacia tres ramales diferentes. En ella estaba él, adolescente incipiente, en el paso a nivel, aguardando por el tren que lo llevaría a su casa paterna a través de la vía izquierda, la más peligrosa de todas y donde el viaje era más
inseguro. En el mismo margen izquierdo que ocupaba el niño en el espejo. Y el intento de robo que no llegaba a consumarse.
El segundo, esta vez en la terminal de trenes, con un solo camino de salida, entre la muchedumbre, escapando una vez más de los ladrones que tampoco lograban darle alcance. Adolescente ya formado se veía en el sueño, acelerando el paso hasta dar con el hall central. En el medio de la escena, como el adulto en formación, agitado, desesperado, sin freno posible.
El último de los sueños lo mostraba casi adulto, fuera de estación férrea alguna, en un paisaje similar al de una gran avenida con pavimento de empedrados. Se encontraba en dirección sur, estacionado en un vehículo, aguardando partir. Casualidad…? Causalidad…? Quién sabe…!!! A su derecha, la estación de trenes, ubicada en el mismo costado donde se observaba al anciano en el espejo. Tampoco habían podido robarlo.
“Tres secuencias”, pensó. Tres estados de tiempo, tres escenarios
diferentes, tres realidades opuestas. 
Adolescente incipiente, adolescente formado, adulto en formación…
El niño, el adulto, el anciano…
Los tiempos del sueño no se correspondían con los de la visión en el espejo. Respiró aliviado. Al fin y al cabo, si se hubiera soñado anciano, tal vez se encontraría cerca de su muerte. Dedujo entonces que estaba muy lejos ese suceso. Maduró en él la idea, mientras el golpeteo del agua lo iba recomponiendo poco a poco, de que el niño era el más próximo a su corazón, el ubicado en primer término del tríptico, el más amado por él, aquel al que siempre querrá y adorará con locura. Tal vez por eso estaba teniendo mayor afinidad con los niños en esta etapa de su vida.
Creyó entonces, que aquel anciano lo espera en algún lugar muy lejano de sus respectivos tiempos, para disfrutar juntos de sus sueños cumplidos.
Comprendió, que tal vez sería hora de alcanzar el centro de su cuerpo, como en el espejo. De llegar al punto equidistante entre el principio y el final de la historia, el lugar de comunión de su ser, donde cuerpo, mente y alma se fundan en una sola parte del tríptico. Y comprendió, al fin, que no todo era vértigo y velocidad.
Equilibrio…….pensó en voz alta.

29 de julio de 2001, 05:00 a.m. 

                                                                                                               Corazondelator

Report abuse Close
Am I a spambot? yes definately
http://corazondelator7.blog.terra.com.ar
 
 
 
Thank you Close

Tu denuncia ha sido enviada.

La misma será procesada para tomar las medidas correctas. Esperamos que continues participando y haciendo crecer al servicio de Terra Blog.