Despertó exaltado sin saber que lugar ocupaba en el mundo en ese instante. Sudaba, tenía frío y corrió presuroso a ver su rostro pálido en el espejo. Tal cual sus sueños, todo era gris, como en esa especie de tarde noche eterna que nunca concluía, y que siempre era recurrente en ellos. Recordó así, el día de la muerte de su padre, donde al sol impiadoso de ese entonces, le había sucedido un oscurecer profundo de cielos, la tormenta repentina y la desolación que, por aquel momento, parecía eterna. Como el día de la crucifixión de Jesús, según la Santa Escritura, o según la cinematografía moderna. Quién lo sabe? Después de todo, nunca se había preocupado demasiado por las Santas Escrituras.
Llegó entonces al espejo y respiró aliviado al ver que estaba sano y salvo. Con los efectos de la pesadilla sobre él, pero intacto de cuerpo y alma. Tomó una toalla seca, limpió su cara atormentada y volvió a respirar.
Al volver sobre sus pasos los vio. Sus perfiles: tres perfiles en el espejo de tres cuerpos. En todos estaba él. Vio así a la criatura que fue, al niño que nunca quiso dejar de ser. Al adulto en formación, hiperquinético, corriendo tras el mundo, tratando de alcanzarlo de una vez por todas. Y al anciano, tranquilo, equilibrado, con la sabiduría que le habían dado sus años, reflejada en cada arruga y cada cabello cano que lo cubrían.
De manera repentina quitó la vista del espejo, atemorizado, perplejo, sin respuestas. No quiso mirar más. No pudo en realidad y tuvo miedo. Muy lentamente, irguió su cabeza agachada hasta volver a clavar su mirada en el espejo. Y ya no estaban. Se habían marchado, como su niñez, como sus pasos acelerados de esa incipiente adultez.
El anciano volvió, como una luz en la oscuridad, con la rapidez con la que el día da paso a la noche en el equinoccio. Lo observó, quiso tocarlo y no pudo. Quiso alcanzarlo y fue en vano. Lejos estaba de él la sabiduría, la tranquilidad por lo hecho, la espera de la muerte en solitaria paz, la calma por los días disfrutados, la satisfacción por los sueños cumplidos. Se desvaneció la imagen y volvió a secar su rostro con la toalla, ya humedecida.
De pronto, el niño otra vez en el espejo, sobre el cuerpo izquierdo del mismo, sobre el costado más próximo a su corazón. Lo observó, quiso tocarlo y no pudo. Quiso alcanzarlo y fue en vano. Atrás habían quedado sus días felices, su sana inconsciencia, su bondadosa despreocupación de las cosas, sus días gloriosos sin terminación. Aquel tiempo donde el tiempo no era tal, donde se confundían los segundos con las horas y éstas con los días, las semanas y los meses.
Su imagen se perdió lentamente, como se desvanece la bruma con la salida del sol, como se evapora el rocío al estallar la mañana. Oyó su risa partir entre los marcos del espejo. Quiso reír con él pero no pudo. Intentó jugar a su lado pero fue estéril. Se fue, casi sin quererlo, pero se fue. Le gritó, le suplicó lo llevara con él y la figura ya difusa del niño, le regaló una sonrisa dibujada en el espejo. Todo en un instante, en un suspiro de vida, en un latido de amor.
Quiso ir por otra toalla seca. No pudo. Quedó inmóvil frente al espejo, frente a los tres cuerpos que lo componían, como a él: cuerpo, mente y alma conformando un todo en perfecta simetría. No tuvo tiempo para la reacción (por cierto, jamás lo hubiera tenido). Y apareció el adulto en formación. Era él y no era. La figura lo ignoró. Ni lo miró siquiera. Lo hubiera atropellado si hubiera podido salir del espejo. Acelerado, alterado, sin freno, sin paz, tratando de encontrarse a sí mismo, como si procurara unirse a la quietud que el cuerpo real tenía.
También le gritó. El anciano y el niño, al menos lo habían oído, le habían prestado su virtual atención. Eran recortes de su pasado y su futuro, estaban fuera de su tiempo, pero se habían detenido en él.
El adulto, el del tiempo presente, lo hizo sentirse ausente de su tiempo. Volvió a gritarle por segunda, tercera y enésima vez. No hubo caso. En
su carrera alocada, en su repentino vértigo, ni siquiera comprendió que si hubiera tomado por asalto su cuerpo, el tangible, tal vez habría simplificado las cosas. Acaso hubiera equilibrado su todo e iniciado el camino hacia la tercera parte del tríptico, lugar donde se había visualizado el reposo del anciano, con su anhelada calma, con su sabiduría que no era poca.
Abatido, mientras la imagen espejada perdía su fuerza y nitidez, cayó al suelo. Horas después despertó, en la tarde noche, casi deshidratado, bañado en lágrimas convertidas en sudor. Se arrastró hacia la ducha e inició el baño reparador. Allí, recordó sus tres últimos sueños: tres intentos de robo no perpetrados.
El primero, en una estación de trenes, justo en la que se produce el cambio de vías hacia tres ramales diferentes. En ella estaba él, adolescente incipiente, en el paso a nivel, aguardando por el tren que lo llevaría a su casa paterna a través de la vía izquierda, la más peligrosa de todas y donde el viaje era más
inseguro. En el mismo margen izquierdo que ocupaba el niño en el espejo. Y el intento de robo que no llegaba a consumarse.
El segundo, esta vez en la terminal de trenes, con un solo camino de salida, entre la muchedumbre, escapando una vez más de los ladrones que tampoco lograban darle alcance. Adolescente ya formado se veía en el sueño, acelerando el paso hasta dar con el hall central. En el medio de la escena, como el adulto en formación, agitado, desesperado, sin freno posible.
El último de los sueños lo mostraba casi adulto, fuera de estación férrea alguna, en un paisaje similar al de una gran avenida con pavimento de empedrados. Se encontraba en dirección sur, estacionado en un vehículo, aguardando partir. Casualidad…? Causalidad…? Quién sabe…!!! A su derecha, la estación de trenes, ubicada en el mismo costado donde se observaba al anciano en el espejo. Tampoco habían podido robarlo.
“Tres secuencias”, pensó. Tres estados de tiempo, tres escenarios
diferentes, tres realidades opuestas.
Adolescente incipiente, adolescente formado, adulto en formación…
El niño, el adulto, el anciano…
Los tiempos del sueño no se correspondían con los de la visión en el espejo. Respiró aliviado. Al fin y al cabo, si se hubiera soñado anciano, tal vez se encontraría cerca de su muerte. Dedujo entonces que estaba muy lejos ese suceso. Maduró en él la idea, mientras el golpeteo del agua lo iba recomponiendo poco a poco, de que el niño era el más próximo a su corazón, el ubicado en primer término del tríptico, el más amado por él, aquel al que siempre querrá y adorará con locura. Tal vez por eso estaba teniendo mayor afinidad con los niños en esta etapa de su vida.
Creyó entonces, que aquel anciano lo espera en algún lugar muy lejano de sus respectivos tiempos, para disfrutar juntos de sus sueños cumplidos.
Comprendió, que tal vez sería hora de alcanzar el centro de su cuerpo, como en el espejo. De llegar al punto equidistante entre el principio y el final de la historia, el lugar de comunión de su ser, donde cuerpo, mente y alma se fundan en una sola parte del tríptico. Y comprendió, al fin, que no todo era vértigo y velocidad.
Equilibrio…….pensó en voz alta.
29 de julio de 2001, 05:00 a.m.
Corazondelator
