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"De todos los colores de la urbe, busquè el que tenìa tu nombre! Solo encontrè la blancura amarga de la nada y la negrura espesa de la noche!".
"Alguna vez fue que planeamos
Hacernos todo el daño de una vez
Dictando una sentencia desafiante
No existes, No existes, No existes, No existes..." (CERATI/BOSIO)
(Los personajes y anècdotas aquì descriptos, no son sino producto de la mera, nostàlgica e impertinente imaginaciòn del lado oscuro de mi cerebro. Cualquier semejanza con hechos de la realidad, no es màs que una mera coincidencia...)
Tarde...
Al llegar la primavera, vaya paradoja, descubrí que era cierto el dicho popular que augura que “una golondrina no hace verano”...Justo ahora, cuando me encontraba ardiendo en llamas por el intenso calor.
Tarde...
Todo comenzó una noche de principios de Julio, cuando – chateando – hizo su aparición en escena. Los contratiempos, la experiencia por mí a medias adquirida, la vida misma al fin y al cabo, solían hacerme desplegar de manera instintiva el recurrente escudo. Aquel al que siempre acudía cuando creía estar en peligro.
Y así, como el marino que buscaba nuevos rumbos vociferaba el esperado alarido - salido de lo más profundo de su garganta – de “Tierra a la vista!”, yo me repetía “Mujer a la vista!”. Y ya se sabe, no toda costa hasta entonces inédita tiene necesariamente que resultar hospitalaria. El mismo efecto experimentaba yo con la aparición de una nueva mujer.
No di por entonces mayor importancia al hecho. Por qué debería hacerlo? No sería seguramente ni la primera ni la última vez que ello sucedería. Había oído tantas veces eso de “eres todo lo que busco, lo que siempre deseé”, que había aprendido a manejarlo.
Mis componentes, aquellos que conformaban mi personalidad, siempre llamaron la atención: normal en apariencia, común a la simple observación, quien husmeara un poco más allá, acabaría por encontrarse con mi esencia. Y eso, para quien tuviera esa capacidad, era perfectamente comprobable.
Yo me creía - y sabía - en verdad diferente. Mi eslogan por ese entonces “Ni mejor ni peor que nadie, tan sólo diferente”, seguido de una pequeña serie de atributos y defectos, me hacían simple y sencillo y, a la vez, seguramente complicado. Capaz de lo sublime y lo instintivo, de lo ideal y lo corpóreo, de lo ficticio y lo real.
Decía que no tomé muy seriamente su presencia. Después de todo, qué novedad podía ofrecerme una joven de 18 años a mí, ya todo un hombre. Reparé en su actitud...“Tal vez le faltara aptitud”, pensé. El contacto se hizo cada vez más frecuente y comenzamos a pensar seriamente en la idea de un encuentro.
Y así fue, como el primer sábado de Agosto la esperé más de lo deseado en la estación de trenes de Avellaneda. Las agujas del reloj, inquietas, no cesaban de girar, los trenes pasaban y las filas de piqueteros - que se renovaban – invadían justo ahí, junto al banco en el cual debía aguardarla. Repetí la secuencia de apartarme del lugar y regresar, tres o cuatros veces (no recuerdo bien), pues la zona se liberaba por instantes para volver luego a ser ocupada por nuevos piqueteros. No quería que tuviera que pasar frente a ellos....Sentía ya la necesidad de cuidarla y protegerla.
Por fin, uno de los trenes provenientes del Sur arribaba con más gente en su interior que los que lo habían precedido. “Probablemente haya habido un retraso”, pensé. “Debe llegar en él”, concluí ansioso.
Y la vi...Sin saber que era ella, la vi: con su larga y espléndida cabellera, con su exhultante vitalidad juvenil, con sus desbordantes hormonas a flor de piel, con ese desborde que las mismas le provocaban y me provocaban...Tal vez ese mismo desborde sea el que hoy nos desborda...
Supe que era ella cuando la observé bajar presurosa las escaleras para cruzar el andén y subir del otro lado. Pasó a mis espaldas, se acercó al banco nuevamente invadido por piqueteros y por mí a esta altura definitivamente abandonado y retrocedió al no verme, buscando complicidad en mi mirada que buscaba la suya mientras avanzaba.
Y fue especial...
Juntos subimos al colectivo que nos llevaría a la Facultad. Allí la esperaba la noticia de un aplazo. La aguardé sentado en un banco del pasillo y la vi salir con tristeza del aula, con sus expresivos ojos levemente empañados. Tomamos algo en el shopping y en mi paquete de cigarrillos dejo marcado su sello: “Para Mi Divino, de Tu Bonita”, escribió.
Seguí en aparente calma...Nuestras miradas se intimidaron más de una vez y también más de la cuenta, nuestros labios se reclamaron mutuamente y hasta nuestros cuerpos se demandaron por efímeros y sublimes instantes en busca de caricias.
“No es el momento”, pensé. “Tal vez nunca lo sea”, añadí, cuando ya en la estación mi beso sutil quedó grabado para siempre entre su mejilla derecha y sus labios, cuando retrocedió dos pasos luego para dejar el suyo estampado a fuego muy cerca de los míos antes de subir al tren.
No supe, no pude y no quise callar. Al regresar, dejé cuatro mensajes en su casilla expresándole lo que en mí había causado y oí de su boca misma las palabras de denotaban igual sensación en ella provocada.
Siempre...
Contaba yo con un a asombrosa capacidad de análisis de las cosas. Ello a veces me permitía avistar presagios y evitar así situaciones ciertamente no recomendables para mi ánimo...
Nunca pude dejar de conjeturar y el pensar por el resto, contribuía a alejarme del peligro.
Siempre...
Contaba yo con una terrible incapacidad para despegar de un exacerbado análisis de las cosas. Ello a veces me impedía liberar definitivamente mi corazón de mi mente...
Nunca pude dejar de conjeturar y el pensar por ellas, contribuía a acercarme al peligro y presagiar finales...
Siempre...
Luego de aquel encuentro nuestro contacto fue aún más fluido y nuestras ganas de volver a vernos cobraron dimensiones todavía mayores.
Nuestra primera cita no había sido sencilla de pactar y al sábado siguiente, fue tan poco lo que me importó haber dormido apenas dos horas producto de una cena con amigos, como a ella el tener que inventar una salida con amigas en el Boulevard Shopping de Adrogué. Y hacia allí fui, de regreso a la localidad donde había pasado treinta años de mi vida, despreocupado del intenso frío que me helaba los huesos, a fin de poder verla.
Llegué unos veinte minutos después de la hora señalada. Aún no estaba. Salí del predio, recorrí varios metros sobre la avenida y al regresar, observé su silueta...La vi llegar hasta la entrada del centro comercial y girar luego sobre sus pasos buscando su mirada en mi mirada, que anhelaba ansiosamente encontrar la suya. Aceleramos el paso hasta reducir a escasos centímetros los cincuenta metros que nos separaban. Nos contentamos con vernos. Faltaban largos minutos para la apertura del shopping y cruzamos al supermercado para tomar algo. Volvimos, hablamos, paseamos y nos observamos.
Una vez más tuve ganas de probar la miel de sus labios, pero sentí que esta vez no iba a darme las oportunidades perdidas en nuestra anterior cita. No al menos allí adentro.
Salimos al fin juntos, caminamos junto a la avenida, recorrimos una feria de ropa y cuando lo creí conveniente, mi boca buscó muy suavemente la suya. Un pequeño y sutil movimiento de caderas dejó mi posible beso dibujado en el aire.
Nada dijimos y todo siguió igual, como si tampoco nada hubiera sucedido.
Breves minutos después, de su boca salieron las primeras palabras...
La situación - lo sabíamos - no era nada fácil para ambos: Ella 18, cristiana evangélica; yo 34 y católico. Bajo la tutela y protección de su madre, ella; solo y libre, yo.
“Me siento muy mal por tener que mentir para verte”, dijo con culpa...
Cruzamos la avenida, atravesamos la vía hacia el Este, bajo el intenso sol, y nos fuimos alejando del camino hacia su casa, ubicada sobre el lado Oeste de Burzaco. Percibí que no era casual el rumbo por ella elegido y acabamos por sentarnos junto al cordón de la vereda, en esa calle reservada casi exclusivamente para nosotros. Sentí que iba a hablarme y, muy cerca de pedir disculpas por negarse al poder de sus deseos y de los míos, me contó sobre algunos de sus miedos...Pero sus ojos cercaron los míos, sus labios se acercaron peligrosamente y su cabeza, apoyada sobre mi hombro, terminó haciendo el resto...
Y la besé y me besó...Y nos besamos...Por un instante me sentí totalmente libre a su lado, su semblante tomó el color de la esperanza, su sonrisa se instaló definitivamente - y como nunca en la mañana - en su rostro y , ya en la estación de Burzaco, sus labios sellaron una vez más los míos con un beso que implicaba un “Hasta luego”.
Durante los primeros días de la semana no supe nada de ella y debí dejarle un mensaje para que me llamara. Me preocupaba no tener noticias suyas, desconocer cómo se encontraba, no saber si le había sucedido algo...
La incertidumbre siempre había sido para mí la peor de las consejeras y la incomprensión de las cosas, siempre acababa también por resultarme un verdadero tormento.
Y apareció...Distante, a “millones de años luz corazón”...
“Cómo ha de ser posible?”, me preguntaba. Si había sido besada, si le había gustado, si declaraba a viva voz que me quería y que yo era todo lo que ella siempre había deseado....
“Cómo ha de ser posible?”...
No pude por aquel entonces entenderlo. Menos aún cuando ya no escuchaba de su boca un “te quiero” ni un “mi Divino”, como solía decirme…Cuando ahora hablaba de imposibles como si nada entre nosotros hubiera pasado...
Ese fin de semana la extrañé en demasía, pero rápidamente volví a tomar mi escudo.
Amor...
Aún hoy trato de saber de qué se trata, de explicitar lo implícito, de objetivar lo subjetivo, de definir lo indefinible...
Creo que no es posible dividir sexo y amor, en el sentido de que para hablar de verdadero amor, deben existir cada uno en justa medida: lo salvaje y lo sublime, lo instintivo y lo sutil, hasta conformar un TODO.
He querido y adorado con locura...
He deseado y gozado con locura...
No sé si he amado.
Hablo de eso que yo llamo la “necesaria falta de respeto”.
Solía sucederme que, cuando quería y adoraba demasiado, también sublimaba en demasía; y que cuando deseaba y gozaba con locura, era incapaz siquiera de sublimar apenas.
Y así fue que descubrí que la manera perfecta de respetar plenamente a una mujer, era precisamente “faltándole el respeto” en el lugar y momento apropiados, y que de no hacerlo, definitivamente estaría “faltándole el respeto”. Se trataba de cubrir abarcativamente sus dos flancos: el de mujer y el de integrante del reino animal. Como dice Sabina: “La más puta de todas las señoras, la más señora de todas las putas...”
Pocas veces lo logré...
Es por eso que amo a los leones: inician el juego amoroso con lamidas y mordiscos, primero leves, luego más agresivos en su forma, hasta llegar a la copulación. Pero más tarde, cuando todo ha sucedido, se los suele ver juntos mimándose, pasando su lengua por la oreja de su pareja o apoyando la cabeza sobre el lomo de su hembra o de su macho...Y así, son capaces de estar por largos minutos...Amándose!
Amor...
Aún hoy trato de saber de qué se trata...
Luego de ese distanciamiento se comunicó. La “llamada en espera” de mi lìnea control, delataba el ingreso de una nueva comunicación. Pero en verdad no tenía ganas yo por ese entonces de atender a nadie. Justamente estaba intercambiando mensajes con una amiga que sabía de su existencia y ante la pregunta de cómo estaban las cosas, dejé que mi bronca se liberara. Ese mensaje que tenía por destino mi amiga, por error fue a dar casualmente a la casilla de ella, quien hacía instantes acababa de saludarme por el sistema (cuando días después me comentó sobre eso, sonreímos juntos y me agradó mucho el hecho de que entendiera el porque de mi respuesta un tanto agresiva).
Me llamó mucho la atención que volviera a llamarme “divino” y que me repitiera aquellas dos palabras que ya parecían olvidadas: “Te quiero”.
Me dije entonces: “A tomarlo de otra forma, ha no arrebatarse...Si las cosas deben ser, serán...”.
Con esa mi postura, aclaramos algunas cosas. Volvió a aludir a sus temores, pero tuve ganas de “estar” muy a pesar de ellos. Ese día hablamos mucho y decidimos que las cosas siguieran su curso natural sin forzar ninguna situación. Así fue transcurriendo la semana, mientras ella comenzaba a retomar sus clases en la Facultad luego de las vacaciones.
Presagios....
No sé por qué motivo yo sabía que ese sábado estaríamos juntos. Ella me había comentado que si algún fin de semana - ya en la casa de estudios - las clases se suspendían por equis motivo, me llamaría para preguntarme si quería verla. Obviamente, mi respuesta a si me molestaría, teniendo en cuenta que serían alrededor de las siete de la mañana, fue rotundamente que no.
Yo sabía que las clases serían suspendidas, seguramente no por algún imponderable si no por deseo propio. Y así pasó. El viernes planteó esa posibilidad y en la mañana del sábado, recibí el esperado llamado desde la estación de Burzaco: “Hola divino, voy para allá...”, fue el escueto y contundente mensaje.
Y juntos fuimos a comprar facturas para desayunar, y nos comimos a besos para finalmente terminar amándonos. Sé que no resultó sencillo para ella y sentí que en verdad me quería: “Tengo que quererte mucho para hacer esto”, me dijo.
Y la amé, sí...La amé, como los leones...Fui capaz de sublimarla y “respetarla” en todos y con todos los sentidos: disfruté en cantidades similares tanto el tomarla como el abrazarla...Y percibí lo mismo de su parte.
Nos costó muchísimo separarnos, sus escritos anteriores hacia mí tomaron mayor fuerza y potenciaron el mensaje sublime de los próximos. Su expresión “me siento en la novena nube” pasó a ser “me siento en la decimocuarta nube” en poco tiempo.
El día de los besos en la estación de Burzaco se había quedado con mi anillo favorito y este día, dejaba en mi anular izquierdo su anillo más preciado, aquel que en extraño vocablo contenía escrito en su interior las palabras “Te amo”. Cierta vez le expresé la importancia de ese gesto, porque el anillo significaba seguramente demasiado para ella (era un obsequio que alguien le había ofrendado). “Tomó valor el día que te conocí”, me dijo. Y eso fue sublime.
Transcurrió una semana sin vernos y fui a buscarla a la facultad por vez primera. También vinimos a casa y también nos amamos. Me regaló a mi pedido, una fotografía de sus 15 años, la cual llevo aún hoy en mi billetera (no así el anillo en mi anular izquierdo). Sentí nuevamente a los leones y sin saber qué “ERA” todo esto, tan sólo sabiendo lo que deseaba que “FUERA”, estuve realmente encantado de que “SEA”.
Entonces, juré tomar muy seriamente la frase tan cierta, y por mí tantas veces repetida, que “cuando algo o alguien nos importa, no nos importa absolutamente nada”.
A veces...
Ya lo he dicho, suele operar en mí, el dual juego entre el análisis de las cosas y la idiotez. Y me atropello en el intento, como en aquel cuento donde me observaba frente al espejo de tres cuerpos: niño, en el margen izquierdo (el más próximo a mi corazón), anciano, a la derecha y adulto, en el centro de la escena. Todos se hallaban en calma, a excepción de éste último, que me ignoraba no prestándome siquiera su virtual atención y sin comprender, que si hubiera tomado por asalto mi cuerpo, el real, el tangible, acaso hubiera equilibrado el todo, unificando las tres partes del tríptico: cuerpo, mente y alma conformando un todo en perfecta simetría.
A veces...
Es en esa búsqueda - en ese intento por alcanzar la comunión entre “el muchachito bueno de la película” y “el asesino del mismo”- cuando corro el grandísimo riesgo de equivocarme, aunque quienes en verdad me conocen saben que soy incapaz de matar a nadie. Como en ese escrito donde el personaje principal le decía a la dama: “No temas mujer! Solo cometo crímenes con la mente. En acto, no soy siquiera capaz ni de aplastar una mosca...”
Pero como al fin aprendí que lo que me hace daño no puede convivir en mí, es que empuño una vez más el escudo, aún a riesgo de ser acusado de asesinato...
A veces...
Pasaron tres semanas luego de aquel último acto de amor. Ella había perdido un par de clases por eso, y yo no podía permitir que esto pasara. Ella también lo sabía.
Ocurrió entonces que los tres sábados siguientes (único día posible para vernos) fui a buscarla a la Facultad. Similares y a la vez disímiles fueron esos encuentros.
Disfruté muchísimo del primer día: Tomarla de la mano, que me recibiera con un beso en los labios y oírla decir que era feliz mostrándole al mundo que estábamos juntos, me resultaba por demás gratificante.
El segundo sábado reveló para mí sentimientos encontrados: ese placer por estar con ella, encontraba oposición en el escaso tiempo que teníamos para vernos. Ya no me bastaba el paseo por el shopping, el viaje en micro hasta la estación y el aguardar juntos la llegada del tren.
El domingo había elecciones en la provincia de Bs. As., así que aprovechando esa circunstancia, fuimos juntos en el tren hasta Adroguè. Allí me quedaría para partir al otro día, luego de compartir una asado con amigos y emitir mi correspondiente voto.
Gocé muchísimo del viaje, pero comencé a preguntarme por qué estando tan cerca no podíamos vernos ese domingo. Entendí sus actividades en la iglesia y no insistí.
Compartiendo el mencionado almuerzo con mis amigos - y recordando sus besos y abrazos en el tren -, sonó mi teléfono celular: Era ella. Necesitaba hablarme. No se la oía bien. Algo le ocurría...
Me hice un tiempo y crucé hasta mi casa paterna para llamarla. Había discutido con su madre y no comprendía por qué la misma no confiaba plenamente en ella. Se la escuchaba en verdad muy angustiada y cansada. Le repetí lo que tantas otras veces: Que debía tener paciencia, que tratara de no generar conflictos y le dije que de tenerla a mi lado en ese entonces, la estaría abrazando muy pero muy fuerte.
Ya le había remarcado en ocasiones anteriores que no quería ser para ella la “figurita novedosa” ni la salida a su situación familiar. Me calmaba diciendo que también en algún momento se lo había preguntado y que no era realmente así, que me quería y pensaba todo el día en mí imaginando un futuro juntos, con una relación más estable y formal.
En verdad yo la extrañaba...
Habíamos conversado también sobre cómo se sentiría a mi lado y yo junto a ella, y sabíamos que eso iba a depender de un mayor conocimiento mutuo, de las ganas de ambos y de la posibilidad de vernos más seguido y compartir momentos.
Empecé a darme cuenta que en las circunstancias planteadas, eso iba a resultarnos verdaderamente improbable. “Calma, paciencia...”, me arengaba a mí mismo queriéndome dar ánimo, tratando de convencerme de algo que hoy visualizo realmente imposible.
Nos separaban demasiadas cosas...
La cuestión religiosa surgió en un par de charlas. Sus cánones e ideales mostraban un mundo en cierta forma diferente al mío aunque desde mi punto de vista, creo que ambos ansiábamos lo mismo por caminos diferentes. La idea de llegar virgen al matrimonio predicada por su iglesia, era un conflicto importante y yo sabía que ella interiormente cargaba con esa culpa. Supongo el escándalo social que hubiera provocado en su entorno el hecho de saber que estaba con “un tipo” (supongo que esas serían las palabras) de 34 años y...Católico.
Yo le decía que Dios no podía enfadarse con nosotros. Cómo enojarse con dos personas que se quieren, que están amándose, que no le hacen daño a nadie y que se sienten plenamente felices de estar juntos? Hasta estaba dispuesto a acompañarla a su iglesia para que se sintiera apoyada de ser necesario.
Tal vez mi pensamiento era demasiado “universalista”.
En verdad no creo que importe cómo lo llamemos: Dios, Ala, Buda, Ra, o como fuera...Es uno solo y todos estamos bajo el mismo sol, habitando la misma tierra que nos alberga y bajo el mismo cielo, en definitiva. Lo que importa es lo que somos, lo que hacemos. Si alguien es bueno...Qué puede importarme cuál es su credo? Sólo me importa que sus gestos sean nobles.